De internet a Gutemberg
Umberto Eco es profesor de Semiótica en el Departamento de Disciplina de la Comunicación en la Universidad de Bolonia en Italia. También es filósofo, historiador, crítico literario y de Estética, además de un magnífico escritor, ensayista, conferenciante e influyente columnista de medios de comunicación. Es un ávido coleccionista de libros y ya posee una colección de más de 30.000 volúmenes. Los sujetos de sus investigaciones van desde Santo Tomás de Aquino o James Joyce hasta Superman. Vive en Milán. Es autor de célebres libros, como Apocalípticos e integrados, El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault, Cómo se hace una tesis, etc.
De acuerdo con Platón (en Fedro) cuando Hermes, el presunto inventor de lo escritura, presentó su invento al faraón Thamus, éste alabo su nueva técnica que se suponía iba a permitir a los seres humanos recordar lo que de otro modo olvidarían. Pero el faraón no estaba satisfecho. “Mi hábil Theut, le dijo, la memoria es un gran don que se debe mantener viva entrenándola constantemente. Con tu invento, la gente ya no se verá obligada a entrenar su memoria, recordarán cosas no debido a un esfuerzo interno, sino meramente en virtud de un dispositivo externo.” Podemos entender la preocupación del faraón. La escritura, como cualquier otro nuevo dispositivo tecnológico, hubiera aletargado la capacidad humana que es sustituida y reforzada –al igual que los coches reducen nuestra capacidad de andar. La escritura era peligrosa porque reducía las capacidades de la mente, ofreciendo a los seres humanos un alma petrificada, una caricatura de la mente, una memoria mineral.
El texto de Platón es irónico, naturalmente. Platón estaba escribiendo su argumento contra la escritura. Pero hacía creer que´su discurso había sido pronunciado por Sócrates, que no escribió (dado que no publicaba, pereció en el transcurso de esta lucha académica). Hoy día nadie comparte estas preocupaciones, por dos razones muy simples: En primer lugar, sabemos que los libros no son una manera de que otro piense en nuestro lugar; al contrario, son máquinas que provocan más pensamiento. Solamente tras la invención de la escritura fue posible escribir una obra maestra en la memoria espontánea como lo es À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido) de Proust. En segundo lugar, si en algún tiempo la gente necesitó entrenar su memoria para recordar cosas, después de la invención de la escritura también tuvieron que entrenar la memoria para recordar libros. Los libros le plantean un desafío a la memoria y la mejoran; no la narcotizan.
No obstante, el faraón ejemplificaba concretamente un temor eterno: el temor de que un nuevo logro tecnológico pudiera abolir o destruir algo que consideramos precioso, fructífero, algo que representa para nosotros un valor en sí, y un valor profundamente espiritual. Era como si el faraón apuntara primero a la superficie escrita y después a una imagen ideal de la memoria humana, diciendo: “Esto matará a aquello”. Más de mil años más tarde. Victor Hugo, en su Nôtre-Dame de Paris (Nuestra Señora de París), nos muestra a un sacerdote, Claude Frollo, señalando con el dedo primero a un libro, después a las torres y a las imágenes de su amada catedral, y diciendo: “ceci tuera cela”, esto matará a aquello. (El libro matará a la Catedral, el alfabeto matará a las imágenes).
La historio de Nuestra Señora de París tiene lugar en el siglo XV, poco después de la invención de la imprenta. Antes, los manuscritos estaban reservados a una restringida elite de personas letradas, pero la única manera de enseñar a las masas los relatos de la Biblia, la vida de Cristo y de los Santos, los principios morales, incluso los hechos de la historia nacional o las nociones más elementales de geografía y de ciencias naturales (la naturaleza de pueblos desconocidos y las virtudes de las hierbas o las piedras), nos lo proporcionaban las imágenes de la catedral.
Una catedral medieval era una especie de programa de televisión permanente e inmutable que presuntamente le contaba a las gentes todo lo indispensable para su vida diaria, así como para su salvación eterna. El libro hubiera distraído a la gente de sus valores más importantes, estimulando una información innecesaria, la interpretación libre de las Escrituras, la curiosidad insana.
II
Durante la década de los 60, Marshall McLuhan escribió su The Gutenberg Galaxy (La Galaxia Gutenberg) donde anunciaba que el modo lineal de pensamiento instaurado por la invención de la imprenta estaba a punto de ser sustituido por una manera más global de percepción y comprensión a través de imágenes de televisión u otros tipos de dispositivos electrónicos. Si no McLuhan, ciertamente muchos de sus lectores señalaban con el dedo primero a la Discoteca Manhattan y después a un libro impreso diciendo “esto matará aquello”.
Los medios necesitaron un cierto tiempo para aceptar la idea de que nuestra civilización estaba a punto de convertirse en una civilización orientada a la imagen –lo que hubiera implicado el declive del alfabetismo. Hoy día, este es un lema repetido en todas las revistas semanales. Lo curioso es que las medios comenzaron a celebrar el declive del alfabetismo y el abrumador poder de las imágenes justo en el momento en que, en la escena mundial, apareció el ordenador. Ciertamente, un ordenador es un instrumento mediante el cual se pueden producir y editar imágenes, ciertas instrucciones se suministran mediante iconos; pero es igualmente cierto que el ordenador se ha convertido, ante todo, en un instrumento alfabético. Por su pantalla corren palabras, líneas, y para poder utilizar un ordenador debes ser perfectamente capaz de escribir y de leer. La nueva generación computerizada está formada y entrenada para leer a una velocidad increíble. Un profesor de universidad de la vieja escuela es hoy incapaz de leer una pantalla de ordenador a la misma velocidad que un adolescente. Estos mismos adolescentes, si por casualidad quieren programar su propio ordenador doméstico, deben conocer, o aprender, procedimientos lógicos y algoritmos, y deben escribir palabras y números en un teclado a gran velocidad.
En otro sentido, podemos decir que el ordenador nos hace volver a la Galaxia Gutenberg. Los que dedican la noche a desarrollar una inacabable conversación por Internet procesan principalmente palabras. Si la pantalla de televisión se puede considerar una especie de ventana ideal, a través de la cual observamos a todo el mundo bajo la forma de imágenes, la pantalla del ordenador es un libro ideal en el cual leemos sobre el mundo en forma de palabras y de páginas. El ordenador clásico proporcionaba un tipo lineal de comunicación escrita. La pantalla visualiza líneas escritas. Era como un libro de lectura rápida.
Pero ahora hay hipertextos. En un libro, había que leer de izquierda a derecha (o de derecha a izquierda, o de arriba a abajo, dependiendo de las distintas culturas) de forma lineal. Obviamente, se podían saltar páginas, se podía –una vez llegados a la página 300– volver para comprobar o releer algo que había en la pagina 10 –pero esto implicaba un trabajo, quiero decir, un trabajo físico. Por el contrario, el hipertexto es una red multidimensional en la cual cada punto o nodo se puede potencialmente conectar con cualquier otro nodo. Así hemos llegado al capítulo final de nuestra historia de “esto-matará-a-aquello”. Se afirma cada vez más que en un futuro cercano los CD ROMs con hipertexto sustituirán a los libros.
III
Con un disquete de hipertexto, los libros se supone que se irán convirtiendo en obsoletos. Incluso si consideramos que un hipertexto suele ser también generalmente multimedia, el disquete de hipertexto completo en un futuro próximo sustituirá no sólo a los libros, sino también a los videocasetes y a muchos otros soportes.
Ahora tenemos que preguntamos si este tipo de perspectiva es realista o es mera ciencia- ficción así como si la distinción que acabamos de señalar entre comunicación visual y alfabética, entre libros e hipertexto, es realmente así de simple. Permítanme hacer una lista de una serie de problemas y de posibles perspectivas para nuestro futuro.
Incluso después de la invención de la imprenta, los libros nunca han sido el único instrumento para adquirir información. Existían pinturas, imágenes populares impresas, enseñanza oral, y así sucesivamente. Se puede decir que los libros eran, en cualquier caso, el instrumento más importante para transmitir información científica, incluyendo noticias sobre acontecimientos históricos. En este sentido, eran el principal instrumento utilizado en las escuelas. Con la difusión de diversos medios de comunicación, desde el cine a la televisión, algo ha cambiado. Hace años, la única manera de aprender un idioma extranjero (aparte de viajar al extranjero) era estudiar el idioma en un libro. Ahora nuestros hijos frecuentemente aprenden otros idiomas escuchando discos, viendo películas en versión original, descifrando las instrucciones impresas en una lata de refrescos. Lo mismo ocurre con la información geográfica. En mi infancia, obtenía lo mejor de mi información sobre países exóticos no de los libros de texto, sino leyendo novelas de aventuras (Julio Verne, por ejemplo). Mis hijos, desde muy pronto, sabían mucho más que yo sobre los mismos temas viendo televisión y películas. Se podría aprender muy bien la historia del Imperio Romano a través de las películas, siempre y cuando las películas fueran históricamente correctas. El fallo de Hollywood no es haber opuesto sus películas a los libros de Tácito o de Gibbon, sino más bien haber impuesto una versión sensacionalista y de tipo novelesco, tanto sobre Tácito como sobre Gibbon.
Un buen programa de televisión educativo (por no hablar de un CD-ROM) puede explicar la genética mejor que un libro. Hoy día, el concepto de alfabetización comprende muchos medios. Una instructiva política de alfabetización debe tener en cuenta las posibilidades de todos estos medios. La preocupación educativa debe extenderse a todos los medios. Las responsabilidades y tareas deben equilibrarse cuidadosamente. Si, para aprender idiomas, las cintas son mejores que los libros, ocupémonos de los casetes. Si una presentación de Chopin, con comentarios en discos compactos, le ayuda a la gente a entender a Chopin, no hay que preocuparse por que la gente no compre cinco volúmenes de historia de la música. Incluso si fuera cierto que, hoy día, la comunicación visual arrolla a la comunicación escrita, el problema no es oponer la comunicación escrita a la visual. El problema es cómo mejorar ambas. En la Edad Media la comunicación visual era, para las masas, más importante que la escritura. Pero la Catedral de Chartres no era culturalmente inferior al Imago Mundi de Honorio de Autun. Las catedrales eran la televisión de aquellos tiempos, y la diferencia con nuestra televisión era que los directores de la televisión medieval –léase: los buenos libros– tenían mucha imaginación, y trabajaban en benefi- cio del público (o al menos en lo que creían que redundaba en beneficio público). Los problemas no están ahí. La comunicación visual debe equilibrarse con la verbal, y principalmente con la escrita, por una razón específica. Una vez, un semiótico, Sol Worth, escribió un documento: “Images cannot say Ain’t (Las imágenes no pueden decir no existo)”. Puedo decir verbalmente “Los unicornios no existen”, pero si muestro la imagen de un unicornio, el unicornio está ahí. Además. ¿el unicornio que veo es un unicornio o el unicornio, es decir, representa un unicornio dado o a los unicornios en general?
Este problema no es tan inmaterial como pueda parecer, y muchas páginas han sido escritas por lógicos y semióticos sobre la diferencia entre expresiones tales como: un niño, el niño, este niño, todos los niños, la infancia como concepto general. Tales distinciones no son tan fáciles de visualizar a través de imágenes. Nelson Goodman, en sus Lenguajes del Arte, se preguntaba si una imagen que representa a una mujer es la representación de las mujeres en general, el retrato de una mujer dada, el ejemplo de las características generales de la mujer, o el equivalente del enunciado “una mujer me está mirando”.
Se puede decir que, en un póster o en un libro ilustrado, la captación de otras formas de material escrito pueden ayudar a entender lo que significa la imagen. Pero quiero recordarles algo sobre un dispositivo retórico llamado ejemplo, al cual Aristóteles le dedicó algunas interesantes páginas. Para convencer a alguien sobre una materia dada, lo más convincente es la prueba por inducción. En la inducción, lo que hago es proporcionar muchos casos y entonces in- fiero que probablemente ejemplifican una ley general.
Supongamos que quiero demostrar que los perros son amistosos y que quieren a sus amos: proporciono muchos casos en los cuales un perro ha demostrado ser amistoso y útil, y sugiero que debe de haber una ley general por la cual todo animal que pertenece a la especie de los perros es amistoso. Supongamos ahora que quiero persuadirle de que los perros son peligrosos. Lo hago proporcionándole un ejemplo: “una vez, un perro mató a su amo...”. Como comprenderá fácilmente, un sólo caso no demuestra nada, pero si el ejemplo es suficientemente impresionante puedo subrepticiamente sugerir que los perros pueden incluso ser hostiles, y una vez que usted esté convencido de que puede ser así, puedo indebidamente extrapolar una ley procedente de un sólo caso y concluir: “esto significa que no hay que fiarse de los perros”. Con el uso retórico del ejemplo, paso de un perro a todos los perros. Si se tiene una mente crítica puede uno darse cuenta de que he manipulado una expresión verbal (un perro se comportó mal) para transformarla en otra (todos los perros son malos), que no significa lo mismo. Pero si el ejemplo es visual en vez de verbal, la reacción crítica se dificulta. Si le muestro una imagen punzante de un determinado perro mordiendo a su amo, es muy difícil discriminar entre un enunciado particular y uno general. Es fácil tomar al perro como representante de su especie. Las imágenes tienen, por decirlo así, una especie de poder platónico: transforman a los individuos en conceptos generales.
Así, mediante una comunicación y educación puramente visual, resulta más fácil implantar estrategias persuasoras que reducir nuestro poder crítico. Si leo en un periódico que una persona dada dijo “queremos que el Sr. X sea el Presidente” soy consciente de que estoy dando la opinión de una persona concreta, pero si veo en la pantalla de televisión a un hombre diciendo entusiasmado “queremos que el Sr. X sea Presidente” resulta más fácil tomar la voluntad de esa persona individual como ejemplo de la voluntad general.
IV
Con frecuencia suelo pensar que nuestras sociedades estarán divididas dentro de poco tiempo (o ya están divididas) en dos clases de ciudadanos: aquellos que sólo ven la televisión, que reciben imágenes prefabricadas y, por lo tanto, definiciones prefabricadas del mundo, sin ningún poder para seleccionar críticamente el tipo de información que reciben, y aquellas que saben relacionarse con el ordenador, que van a ser capaces de seleccionar y procesar información. Este hecho volverá a establecer la división cultural, que ya existió en tiempos de Claude Frollo, entre aquellos que eran capaces de leer manuscritos y, por lo tanto, de afrontar críticamente asuntos religiosos, científicos o filosóficos, y aquellos que estaban únicamente educados por las imágenes de la catedral, seleccionadas y elaboradas por sus maestros, la minoría letrada. Un escritor de ciencia ficción podría elucubrar mucho sobre un mundo futuro en que una mayoría de proletarios recibirían únicamente comunicación visual planificada por una elite de personas letradas en informática. Hay dos tipos de libros: los que son para leer y los que son para consultar. Por lo que respecta a los libros para leer (pueden ser una novela, o un tratado filosófico, o un análisis sociológico, y así sucesivamente), la manera normal de leerlos es la que podríamos denominar de tipo historia detectivesca. Se comienza desde la página 1, donde el autor te dice que se ha cometido un crimen, se sigue cada una de las trayectorias de detección hasta el final, y finalmente se descubre que el culpable era el mayordomo. Final del libro y final de la experiencia de lectura. Obsérvese que esto mismo ocurre incluso si lee, digamos, el Discurso del Método de Descartes. Lo que el autor quería es que usted abriera el libro en la primera página, que siguiera la serie de cuestiones que proponía, para ver cómo llegaba a determinadas conclusiones finales. Desde luego, un erudito que ya conoce ese libro puede volverlo a leer saltando de una página a otra, tratando de aislar un posible vínculo entre un enunciado del primer capítulo y otro del último... Un erudito puede también decidir aislar, digamos, cada uno de los casos en que aparece la palabra Jerusalén en la inmensa obra de Tomás de Aquino, saltándose así miles de páginas con objeto de centrar su atención en los únicos pasajes que hablan de Jerusalén... Pero estos son modos de lectura que el lego consideraría poco naturales.
Después están los libros de consulta, como los libros de texto y enciclopedias. Algunas veces, los libros de texto hay que leerlos del principio al fin, pero cuando uno conoce suficientemente la materia la puede consultar, seleccionando así ciertos capítulos o pasajes. Cuando estaba en el instituto, tenía que leer en su totalidad, de forma lineal, mi libro de texto de matemáticas; hoy, si necesito una definición precisa de logaritmo, sólo lo consulto. Lo mantengo en mi biblioteca no para leerlo y releerlo todos los días, sino para sacarlo una vez cada diez años y encontrar el concepto que necesito consultar. Las enciclopedias están concebidas con objeto de ser siempre consultadas y nunca leídas de la primera a la última página. Generalmente, uno coge un volumen dado de la propia enciclopedia para conocer o para recordar cuándo murió Napoleón o cuál es la fórmula del ácido sulfúrico. Los eruditos utilizan las enciclopedias de un modo más sofisticado. Por ejemplo, si quiero saber si fue posible o no que Napoleón conociera a Kant, tengo que coger el volumen K y el volumen N de mi enciclopedia: descubro que Napoleón nació en 1769 y murió en 1821, Kant nació en 1724 y murió en 1804, cuando Napoleón ya era emperador. No es imposible que se conocieran. Probablemente, tendré que consultar la biografía de Kant, o la de Napoleón –pero en una biografía breve de Napoleón, que conoció a tantas personas en su vida, es posible que su encuentro con Kant no esté contemplado, mientras que en una biografía de Kant, un encuentro con Napoleón debe estar registrado. Para abreviar, tengo que hojear muchos libros de muchas estanterías distintas de mi biblioteca, tengo que tomar notas con objeto de comparar después todos los datos que he recogido, y así sucesivamente. En resumen, todo esto me costaría un penoso trabajo físico. Con el hipertexto, por el contrario, puedo navegar por toda la enciclopedia. Puedo conectar un acontecimiento registrado al principio con una serie de acontecimien tos similares diseminados por todo el texto, puedo comparar el principio con el final, puedo pedir la lista de todas las palabras que empiezan por A, puedo preguntar por todos los casos en los cuales el nombre de Napoleón está vinculado con el de Kant, puedo comparar las fechas de su nacimiento y de su muerte –en resumen, puedo hacer mi trabajo en unos cuantos segundos o en unos cuantos minutos.
Los hipertextos desde luego convertirán en obsoletos las enciclopedias y los libros de texto. En unos cuantos CD-ROMs (probablemente muy pronto en uno sólo) se puede almacenar más información que en toda la Enciclopedia Británica, con la ventaja de que permite referencias cruzadas y recuperación no lineal de la información. El total de los discos compactos, más el ordenador, ocuparán una quinta parte del espacio ocupado por una enciclopedia. La enciclopedia no se puede transportar como se hace con el CD-ROM, la enciclopedia no se puede actualizar fácilmente. Las estanterías ocupadas hoy, tanto en mi hogar como en las bibliotecas públicas, por metros y metros de enciclopedias, se podrán eliminar en el futuro próximo, y no habrá razón para quejarse de su desaparición.
¿Puede un disco con hipertexto sustituir los libros de lectura? Esta cuestión oculta de hecho dos problemas diferentes y se podría reformular en forma de dos preguntas distintas:
(I) En primer lugar, una práctica: ¿puede un soporte electrónico sustituir los libros de lectura?
(II) Segunda, una teórica y estética: ¿puede un CD-ROM multimedia y con hipertexto transformar la misma naturaleza de un libro de lectura, como son una novela o una recopilación de poemas?
Permítanme responder a la primera pregunta. Los libros seguirán siendo indispensables, no sólo para la literatura, sino para cualquier circunstancia en la cual uno tenga que leer cuidadosamente; no sólo para recibir información, sino también para meditar y reflexionar sobre ella. Leer una pantalla de ordenador no es lo mismo que leer un libro. Piensen en el proceso de aprendizaje de un nuevo programa informático. Generalmente, el programa es capaz de visualizar en la pantalla todas las instrucciones necesarias. Pero, habitualmente, los usuarios, cuando quieren aprender el programa, bien imprimen las instrucciones y las leen como si estuvieran en forma de libro, o bien compran material impreso (permítanme desestimar el hecho de que actualmente las ‘Ayudas’ del ordenador están claramente escritas por necios irresponsables y tautológicos, mientras que los libros de texto comerciales están escritos por personas inteligentes). Se puede concebir un programa visual que explique muy bien cómo imprimir y encuadernar un libro, pero para obtener instrucciones sobre cómo elaborar (o sobre cómo utilizar) un programa informático, necesitaremos un manual impreso.
Después de estar sentado no más de 12 horas ante una consola de ordenador, mis ojos se quedan como dos pelotas de tenis, y siento la necesidad de sentarme cómodamente en mi sillón y leer un periódico, y quizá un buen poema. Pienso que los ordenadores están difundiendo nuevas formas de alfabetización y cultura, pero no son capaces de satisfacer todas las necesidades intelectuales que estimulan.
En mis horas de optimismo, sueño con una generación informática que, obligada a leer una pantalla de ordenador, se familiarice con la lectura, pero que, en un determinado momento, se sienta insatisfecha y busque una forma de lectura diferente más relajada y con un nivel de compromiso distinto.
V
Durante un simposio sobre el futuro de los libros que tuvo lugar en la Universidad de San Marino (las actas están siendo ahora publicadas por Brepols), Regis Debray destacó que el hecho de que la civilización hebrea fuera una civilización basada en un libro no es independiente del hecho de que fuera una civilización nómada. Pienso que esta observación es muy importante. Los egipcios podían grabar sus registros en obeliscos de piedra, Moisés no podía. Si vas a cruzar el Mar Rojo, un rollo resulta un instrumento más práctico para registrar la sabiduría. Por cierto, otra civilización nómada, la árabe, se basó en un libro, y le dio prevalencia a la escritura sobre las imágenes.
Pero los libros también tienen una ventaja con respecto a los ordenadores. Incluso si están impresos en moderno papel ácido, que dura únicamente 70 años o así, son más duraderos que los soportes magnéticos. Además, no sufren cortes de corriente ni apagones, y son más resistentes a los choques. Hasta ahora, los libros siguen representando el modo más económico, flexible, y práctico de transportar información a un coste muy bajo.
La comunicación informática va por delante de ti, los libros viajan contigo y a tu misma velocidad, pero si naufragas en una isla desierta, un libro puede serte útil, mientras que no tienes posibilidad alguna de conectar un ordenador por ninguna parte. E incluso aunque tu ordenador tuviera batería solar no puedes leerlo fácilmente tumbado en una hamaca. Los libros siguen siendo todavía los mejores compañeros en un naufragio, o del Día Después.
Con fines de estudio, un libro de lectura se puede transformar en un CD-ROM con hipertexto. Un erudito quizá necesite saber, digamos, cuántas veces aparece la palabra bueno en El Paraíso Perdido. No obstante, existe hoy día una nueva poesía de hipertexto, según la cual incluso un “libro de lectura”, incluso un poema, se pueden transformar en hipertexto. Llegados a este punto, estamos pasando a la cuestión dos, dado que el problema ya no es un problema práctico: afecta a la misma naturaleza del proceso de lectura.
Concebida con un planteamiento de hipertexto, incluso una historia detectivesca se puede estructurar de manera abierta, de manera que sus lectores puedan incluso seleccionar un itinerario de lectura dado, es decir, construir su propia historia personal –incluso decidir que el culpable puede y debe ser el detective, en vez del mayordomo. Esta idea no es nueva. Antes de la invención del ordenador, poetas y narradores han soñado con un texto totalmente abierto, que los lectores podrían infinitamente reescribir de distintas formas. Esta era la idea de El Libro, ensalzado por Mallarmé; Joyce concibió su Finnegans Wake (El despertar de Finnegan) como un texto que podía ser leído por un lector ideal afectado por un insomnio ideal. En la década de los sesenta, Max Saporta escribió y publicó una novela cuyas páginas se podían desplazar para componer relatos diferentes. Nanni Balestrini le proporcionó a uno de los primitivos ordenadores una lista inconexa de versos que la máquina reunió de formas distintas para componer poemas diferentes; Raymond Queneau inventó un algoritmo combinatorio en virtud del cual era posible componer, a partir de un conjunto finito de líneas, billones de poemas. Muchos músicos contemporáneos han producido partituras musicales móviles y, manipulándolas, uno puede componer distintas obras musicales.
Como probablemente se habrán dado cuenta, incluso aquí uno afronta dos problemas diferentes. (I) El primero es la idea de un texto físicamente móvil. Un texto de este tipo le daría la impresión de libertad absoluta al lector; pero es sólo una impresión, una ilusión de libertad. La única maquinaria que le permite a uno elaborar textos infinitos ya existía hace milenios, y es el alfabeto. Con un reducido número de letras se pueden elaborar, realmente, miles de millones de textos, y esto es exactamente lo que hemos estado haciendo desde Homero a nuestros días. Un texto-estímulo que nos proporciona no letras, ni palabras, sino secuencias preestablecidas de palabras, o de páginas, no nos da libertad para inventar todo lo que queramos. Sólo somos libres de desplazar trozos de texto preestablecidos de un número finito de maneras.
Pero, como lector, tengo esta libertad incluso si leo una novela detectivesca tradicional. Nadie me prohíbe imaginar un final diferente. Dada una novela en la que los dos enamorados mueren, yo, como lector, puedo, bien llorar o clamar por su destino, o tratar de imaginarme un final distinto en el cual sobreviven y viven juntos para siempre. De alguna manera yo, como lector, me siento más libre con un texto físicamente finito, sobre el cual puedo reflexionar durante años, que con texto móvil, en el cual sólo están permitidas algunas manipulaciones. (II) Esta posibilidad nos conduce al segundo problema que afecta a un texto, que es físicamente finito y limitado, pero que se puede interpretar infinitamente, o al menos de muchas maneras distintas. Este ha sido de hecho el objetivo de cualquier poeta o narrador. Pero un texto que puede soportar muchas interpretaciones no equivale a un texto que puede soportar cualquier interpretación. Pienso que nos enfrentamos a tres ideas distintas de hipertexto. En primer lugar, deberíamos hacer una distinción cuidadosa entre sistemas y textos. Un sistema (por ejemplo, un sistema lingüístico) es el total de posibilidades ofrecidas por un lenguaje natural dado. Cada concepto lingüístico se puede interpretar en términos de otros conceptos lingüísticos o semióticos, una palabra mediante una definición, un acontecimiento mediante un ejemplo, y una especie natural mediante una imagen, y así sucesivamente. El sistema es quizá finito, pero ilimitado. Se puede ir siguiendo un movimiento de tipo espiral ad infinitum. En este sentido, ciertamente todos los libros concebibles están comprendidos en y dentro de un buen diccionario y una buena gramática. Si sabes utilizar el Webster, puedes escribir tanto El Paraíso Perdido como Ulises.
Ciertamente, concebido de tal manera, un hipertexto puede transformar a todos los lectores en autores. Proporciónale el mismo sistema de hipertexto a Shakespeare y a un niño de escuela y tendrán las mismas probabilidades de elaborar Romeo y Julieta. No obstante, un texto no es un sistema lingüístico o enciclopédico. Un texto dado reduce las posibilidades infinitas o indefinidas de un sistema de constituir un universo cerrado. El Finnegans Wake (El despertar de Finnegan) está ciertamente abierto a muchas interpretaciones, pero es seguro que nunca le proporcionará la demostración del Teorema del Fermat o la bibliografía completa de Woody Allen. Esto parece trivial, pero el error radical de los deconstruccionistas irresponsables era creer que puedes hacer todo lo que quieras con un texto. Esto es flagrantemente falso. Un hipertexto de texto es finito y limitado, incluso aunque esté abierto a innumerables y originales indagaciones. El hipertexto puede funcionar muy bien con sistemas, pero no puede funcionar con textos. Los sistemas son limitados pero infi- nitos. Los textos son limitados y finitos, incluso si pueden permitir un alto número de posibles interpretaciones (pero no justifican cualquier posible interpretación). No obstante, existe una tercera posibilidad. Podemos concebir hipertextos ilimitados e infinitos. Cada usuario puede añadirle algo, y se puede construir una especie de historia interminable de tipo jazz. En tal momento, la noción clásica de autoría ciertamente desaparece, y lo que tenemos es una nueva manera de implantar la creatividad libre. Siendo el autor de la Obra Abierta no puedo sino aclamar tal posibilidad. No obstante, existe una diferencia entre implantar la actividad de elaborar textos y la existencia de textos elaborados. Contaremos con una nueva cultura en la cual habrá una diferencia entre producir textos infinitos e interpretar textos precisos y finitos. Esto es lo que ocurre en nuestra cultura actual, en la cual evaluamos de forma diferente la interpretación grabada de la Quinta de Beethoven y una nueva sesión de jazz improvisado (Jam Session) en Nueva Orleans.
VI
Marchamos hacia una sociedad más liberada, en la cual la creatividad libre coexistirá con la interpretación textual. Me gusta. Pero no debemos decir que hemos sustituido una cosa vieja por otra. Tenemos ambas, gracias a Dios. El zapping en televisión es un tipo de actividad que no tiene nada que ver con ver una película. Un dispositivo de hipertexto que nos permite inventar textos nuevos no tiene nada que ver con nuestra capacidad de interpretar los textos preexistentes. Existe todavía otra confusión entre y sobre dos cuestiones diferentes: (a) ¿los ordenadores convertirán a los libros en obsoletos? y (b) ¿los ordenadores convertirán el material escrito e impreso en obsoleto? Supongamos que los ordenadores vayan a hacer desaparecer los libros. Esto no signifi- caría la desaparición del material impreso. El ordenador crea nuevos modos de producción y difusión de los documentos impresos. Para releer un texto, y para corregirlo correctamente, salvo que sea simplemente una carta breve, hay que imprimirlo, después volver a leerlo, después corregirlo en el ordenador y volverlo a imprimir de nuevo. No creo que nadie sea capaz de escribir un texto de cientos de páginas y corregirlo sin imprimirlo al menos una vez. Hemos visto que –si por casualidad uno esperaba que los ordenadores, y especialmente los procesadores de textos iban a contribuir a salvar árboles– esto era una ilusión. Los ordenadores estimulan la producción de material impreso.
Podemos imaginamos una cultura en la cual no haya libros, y la gente vaya cargada con toneladas y toneladas de hojas de papel sin encuadernar. Esto resultaría bastante difícil, y plantearía un nuevo problema a las bibliotecas. La gente quiere comunicarse con los demás. En las antiguas comunidades, lo hacía oralmente; en una sociedad más compleja, trató de hacerlo mediante la impresión. La mayor parte de los libros que se encuentran en una librería deben ser definidos como productos de Prensa de Sociedad, incluso si están publicados por una editorial universitaria. Pero con la tecnología informática estamos entrando en una nueva era de Samisdazt. La gente se puede comunicar directamente sin la mediación de las editoras. Mucha gente no quiere publicar, simplemente quiere comunicarse entre sí. Hoy lo hacen por correo electrónico o Internet, lo cual resulta que beneficia mucho a los libros, la civilización de los libros y el mercado de los libros. Observen una librería. Hay demasiados libros.
Yo recibo demasiados libros cada semana. Si la red informática fuera capaz de reducir la cantidad de libros publicados, sería una mejora cultural de fundamental importancia. Una de las objeciones más comunes contra la pseudo-cultura de los ordenadores es que los jóvenes se acostumbran cada vez más a hablar a través de fórmulas breves crípticas: dir, ayuda, copia en disco, error 67, y así sucesivamente. Una de las fórmulas de cierre utilizadas en las redes es cul8r. ¿Sigue siendo cultura? Yo soy coleccionista de libros raros, y es una delicia para mí leer los títulos del siglo XVII que ocupan una página y a veces más. Parecen los títulos de las películas de Lina Wertmuller. Las introducciones ocupan varias páginas. Comienzan con elaboradas fórmulas de cortesía alabando al Destinatario ideal, generalmente un Emperador o un Papa, y ocupan páginas y páginas explicando en un estilo muy barroco las finalidades y las virtudes del texto que sigue. Si los escritores barrocos leyeran nuestros libros de texto contemporáneos, se aterrorizarían. Las introducciones duran una página, breve perfil de la materia del libro, agradecimiento a alguna Fundación Nacional o Internacional por una generosa ayuda, breve explicación de que el libro ha resultado posible gracias al cariño y comprensión de una esposa o marido y de algunos hijos, y acreditación a un secretario o secretaria por haber mecanografiado pacientemente el manuscrito. Entendemos perfectamente y en su totalidad el enorme esfuerzo académico y humano que revelan estas pocas líneas, los cientos de noches dedicadas a subrayar fotocopias, las innumerables hamburguesas heladas y comidas con prisas... Pero permítanme predecir que en un futuro cercano habrá sólo tres líneas que dirán: “E/h, Smith, Rockefeller”, (que debe leerse como: “le doy las gracias a mi esposa y a mis hijos, este libro ha sido pacientemente revisado por el Profesor Smith, y ha sido posible gracias a la Fundación Rockefeller”).
Esto sería tan elocuente como una introducción barroca. Es un problema de retórica y de familiarizarse con una retórica dada. Pienso que en los años venideros se enviarán apasionados mensajes de amor en forma de una breve introducción en lenguaje Basic, bajo la forma de “si... entonces”, con objeto de obtener, en concepto de entrada de información, mensajes como “Te quiero, por lo tanto no puedo vivir sin ti” (bello verso de Emily Dickinson). Aparte de eso, lo mejor de la literatura manierista inglesa se elaboró en un listado –si no recuerdo mal– en un lenguaje de programa informático: 2B OR/NOT 28 (SER O NO SER).
Existe una curiosa idea, de acuerdo con la cual cuanto más dices en lenguaje verbal más profundo y perceptivo eres. Mallarmé nos dijo que es suficiente con decir “una flor” para evocar un universo de perfumes, formas y pensamientos. Con mucha frecuencia, en la poesía, cuantas menos palabras más cosas. Tres líneas de Pascal dicen más que 300 páginas de un largo y aburrido tratado sobre moral y metafísica. La búsqueda de una cultura nueva y superviviente no tenía que ser una búsqueda de cantidad preinformática. Los enemigos de la cultura se ocultan en otra parte. Hasta ahora he tratado de mostrar que la llegada de los nuevos dispositivos tecnológicos no necesariamente convierte el dispositivo anterior en obsoleto. El coche va más rápido que la bicicleta, pero los coches no han convertido en obsoletas a las bicicletas y no hay ninguna mejora tecnológica que pueda hacer que una bicicleta sea mejor que antes. La idea de que una nueva tecnología abole un papel anterior es demasiado simplista. Después de la invención de Daguerre, los pintores no se sintieron ya obligados a servir como artesanos obligados a reproducir la realidad tal como creemos que la vemos. Pero eso no significa que la invención de Daguerre sólo estimulara la pintura abstracta. Existe toda una tradición en la pintura moderna que no podría existir sin el modelo fotográfico, piensen por ejemplo en el hiperrealismo. La realidad es vista por el ojo del pintor a través del ojo fotográfico. Ciertamente, el advenimiento del cine o de las tiras cómicas ha liberado a la literatura de ciertas tareas narrativas que tenía que realizar tradicionalmente. Pero hay cosas, como la literatura postmoderna, que existen simplemente porque se han visto en gran medida influenciadas por las tiras cómicas o el cine. Por la misma razón, hoy ya no necesito un pesado retrato pintado por un modesto artista y puedo enviarle a mi amor una brillante y fiel fotografía, pero este cambio en las funciones sociales de la pintura no ha convertido la pintura en obsoleta, a excepción de que hoy los retratos pintados no cumplen la misma función práctica de retratar a una persona (lo que se puede hacer mejor y más barato con una fotografía), sino de celebrar importantes personalidades, de tal manera que el encargo, la compra y la exhibición de tales retratos adquiere connotaciones aristocráticas.
Esto significa que en la historia de la cultura nunca ha ocurrido que una cosa matara sin más a otra cosa. Una cosa ha modificado profundamente otra cosa. He citado a McLuhan, de acuerdo con el cual la Galaxia Visual ha sustituido a la Galaxia Gutenberg. Hemos visto que unas cuantas décadas más tarde esto ya no era cierto. McLuhan dijo que estamos viviendo en una nueva Aldea Global electrónica. Desde luego que estamos viviendo en una nueva comunidad electrónica, que es lo su- ficientemente global, pero no es una Aldea –si por aldea queremos decir un poblado humano en donde la gente interacciona directamente entre sí.
Los problemas reales de una comunidad electrónica son los siguientes: 1 Soledad. El nuevo ciudadano de esta comunidad nueva es libre de inventar textos nuevos, de anular la noción tradicional de autoría, de eliminar las divisiones tradicionales entre autor y lector, pero el riesgo es que –al estar en contacto con todo el mundo mediante una red galáctica– uno se siente sólo… 2 Exceso de información e incapacidad de seleccionar y discriminar. Acostumbro a decir que ciertamente el Sunday NYT es el tipo de periódico en donde puedes encontrarlo todo ajustado a impresión. Sus 500 páginas te dicen todo lo que necesitas saber sobre los acontecimientos de la semana pasada y las ideas de la próxima. No obstante, una sola semana no es suficiente para leer todo el Sunday NYT. ¿Existe diferencia entre un periódico que lo dice todo, pero que no lo puedes leer, y un periódico que no dice nada?, ¿existe diferencia entre NYT y Pravda? No obstante lo cual, el lector del NYT puede todavía distinguir entre la revisión de un libro, las páginas dedicadas a los programas de televisión, el suplemento inmobiliario, y así sucesivamente. El usuario de Internet no tiene las mismas habilidades. Hoy somos incapaces de discriminar, al menos a primera vista, entre una fuente fiable y una insensata. Necesitamos una nueva forma de competencias críticas, un hasta ahora desconocido tipo de selección y diezmado de la información, en resumen, una nueva sabiduría. Necesitamos un nuevo tipo de entrenamiento educativo.
Permítanme decir que, en esta perspectiva, los libros seguirán desempeñando una función fundamental. Al igual que hace falta un libro impreso para navegar en Internet, de la misma manera necesitamos nuevos manuales impresos con objeto de afrontar de forma crítica la World Wide Web. Permítanme concluir con una alabanza del mundo finito y limitado que nos proporcionan los libros. Supongamos que están leyendo Guerra y paz de Tolstoi: desean desesperadamente que Natasha no acepte el cortejo de ese miserable villano que es Anatolii; desean desesperadamente que esa maravillosa persona que es el príncipe Andrei no muera, y que él y Natasha puedan vivir felices para siempre jamás. Si tuvieran Guerra y paz en un CD-ROM interactivo y con hipertexto podrían reescribir su propia historia, de acuerdo con sus deseos, podrían inventar innumerables Guerras y Paces, donde Pierre Besuchov consiga matar a Napoleón o, dependiendo de sus inclinaciones. Napoleón definitivamente derrote al General Kutusov. ¡Que pena! con un libro no se puede. Te ves obligado a aceptar las leyes del Azar, y darte cuenta de que no puedes cambiar el Destino. Una novela interactiva y con hipertexto nos permite practicar la libertad y creatividad, y espero que este tipo de actividad inventiva se practique en las escuelas en el futuro. Pero Guerra y paz escrita no nos enfrenta con las ilimitadas posibilidades de la Libertad, sino con la severa ley de la Necesidad. Para ser personas libres también necesitamos aprender esta lección sobre la Vida y la Muerte, y sólo los libros pueden proporcionarnos tal sabiduría.
© Umberto Eco
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